Juan María Alponte
El 26 de mayo de 1911 –hace un siglo- Porfirio Díaz abandonaba la Ciudad de México con dirección –vía ferroviaria- hacia Veracruz. Esa memoria nos confronta con una centuria. Un año antes, el 18 de abril de 1910, Francisco I. Madero escribía a su madre (señora Mercedes G. de Madero) con su acostumbrada dedicatoria: “Mi adorada mamacita”. La hace saber que tuvo una entrevista con el general Díaz “el sábado en la noche. Esta entrevista –añade- fue debida a Dehesa que tenía muchos deseos de que yo hablara con el General (escribe siempre Gral.)”. Explica a su madre su visión del encuentro. “La impresión que me causó el Gral. Díaz es que está verdaderamente decrépito, que tiene muy poca vitalidad; acostumbrado a que todo lo que él dice sea aprobado servilmente por los que le rodeen, no vacila en contradecirse de un momento a otro, y, sobre todo, parece que tiene la monomanía de hablar de sus guerras. A mí me causó la impresión de estar tratando con un niño o con un ranchero ignorante y desconfiado”.
“Estoy seguro que en su juventud tuvo inteligencia mucho mayor que la que representa en estos actuales momentos; pues si no fuese así, sería imposible que hubiese efectuado la obra que le conocemos. En presencia de él, permanecí el mismo de siempre y la verdad es que no tomé en serio lo que me dijo, pues en tono socarrón le recordaba yo, a cada momento, que me había dicho lo contrario momentos antes. De la cuestión política comprendí que no se puede hacer nada con él, que está empeñado en seguir adelante su programa. Yo le dije que, por mi parte, nosotros seguiríamos igualmente el nuestro. Se trató igualmente de la orden de aprehensión contra mí y me dijo que tuviera confianza en la Suprema Corte, a lo cual contesté con una franca carcajada, diciéndole que no tenía ninguna confianza en la Suprema Corte”.
En el curso de la larga carta insiste, Madero, en su visión del General: “Creo en verdad que el Gral. Díaz no tiene vitalidad para vivir seis meses –se engañaba- más. Mi papá Evaristo, a pesar de lo debilito que está y de haber pasado una tan larga enfermedad, tiene una lucidez muy superior a la del Gral. Díaz, y en cuanto a inteligencia, me parece también incomparable la de papá Evaristo. Lo que ha pasado es que el Gral. Díaz ha tenido mucha fortuna”.
Proseguía así: “Te aseguro que desde la entrevista que tuve con él se han multiplicado mis esperanzas de triunfo. Dile a papá que le agradezco muchísimo un telegrama en que me felicitó por el peligroso honor que me confirió la Convención. Efectivamente, es peligroso, aunque no tanto como se ha dado en creer”. (Se equivocaba trágicamente).
“Nosotros estamos todos bien a Dios gracias y deseamos que tú no vengas de ésa sino cuando estés completamente restablecida, al fin que la lucha nuestra va despacio…”. (“Epistolario, 1910”. Tomo II. Archivo de Don Francisco Madero, páginas 122-123).
Un periódico de la época, que tengo ante mí, publicaba no mucho después, esta noticia: “Ciudad de México, 23 de febrero de 1913, Madero y Pino Suárez asesinados”.
Pero el 6 de noviembre de 1911, el mismo periódico a toda página, había publicado la hora de la historia: “Madero Presidente. Ha triunfado la voluntad popular…El presidente electo hizo el recorrido protocolario en un coche descubierto y tirado por un poderoso tronco de caballos negros; iba escoltado por un grupo de jinetes compuesto por algunos de los más destacados Jefes revolucionarios, entre los cuales sobresalía la figura alta y espigada del joven general Pascual Orozco. La comitiva llegó a la Cámara de Diputados a las once en punto de la mañana. Un remolino humano envolvió al señor Madero cuando éste rechazó la guardia militar para ascender, escoltado por el pueblo, la escalinata del flamante edificio cuyo estilo clásico adorna la esquina de Factor y Donceles. Dentro del recinto parlamentario hubo muestras de júbilo, se hizo después el silencio y Don Francisco I. Madero rindió su protesta. Una ovación extraordinaria rubricó la ceremonia y acompañó al nuevo presidente mientras abandonaba la sede de la Cámara baja (sic)…”.
Para seguir, conocer y asumir las horas finales de Madero quizá no exista un texto más impresionante e históricamente imprescindible que el libro de M. Márquez Starling, embajador de Cuba en México aquellos días. Su valentía, su posición en aquellas horas trágicas –con el relato de lo que ocurrió en la embajada de Estados Unidos- comienza con la llegada, al amanecer de la noche del asesinato de Madero y Pino Suárez, de la madre de Madero a la embajada. Ello levantó de la cama al embajador. La madre de Madero le suplicaba que hiciera todo lo posible para recobrar los restos mortales de Madero y darle sepultura cristiana. La soldadesca se lo había impedido.
Márquez Sterling cuenta esas horas y las que las procedieron con un rigor asombroso. Más aún: condujo después a la familia Madero, bajo su protección, a un buque cubano que la trasladó a La Habana. El embajador pensó que toda la familia corría peligro. El comportamiento del embajador cubano en esos días terribles es notable. Le debemos mucho. Es ignorado.
Porfirio Díaz murió en París el 2 de julio de 1915. Le debemos a Martín Luis Guzmán –en “Muertes Históricas”- el relato de la finalización del caudillo oaxaqueño. Contrariamente a las previsiones de Madero después de la entrevista con él, el caudillo vivió más que él y pudo saber lo que ocurrió con su sucesor en la Presidencia de la República. Todo nos invita a la meditación.
El 20 de abril de 1910, Madero había escrito a Adrián Aguirre Benavides (Torreón, Coahuila) contándole su entrevista con el Gral. Díaz. Casi repite, a la letra, lo que había contado a su madre. Salvo una alusión incitante: “…Esta entrevista la creo de algún interés para nosotros, pues el Gral. Díaz ha comprendido por fin que sí hay ciudadanos bastante viriles para ponérsele frente a frente y que no le tememos absolutamente…”.
El 27 de abril de 1910, Madero escribía a Vasconcelos. Le decía: “Muy estimado amigo: recibí su grata del 26 del actual, cuya lectura me ha causado grandísima satisfacción por el juicio suyo respecto a mi candidatura”. Le añadía: “Desde las veces anteriores que he estado en esta capital, tenía muchos deseos de hablar con Ud., y de verlo, y espero tendré ese gusto alguno de estos días, pues lo esperaré a cualquier hora para que se sirva indicarme en esta su casa…”.
A un siglo de ese cruce histórico, de hombres y caminos, con la sangre derramada, la lectura del “Epistolario de Madero”, que recupera las emociones y preocupaciones del momento, nos abre el laberinto de la historia para revelarnos, en la intimidad epistolar, la vida sin ceremonias.
A su padre, el 2 de mayo de 1919, le decía así: “Muy querido papacito: Ayer recibí tu grata del 28 del pasado que leí con grandísimo interés. Verdaderamente no podemos menos de reconocer en todos nuestros actos la mano de la Providencia; pues, por lo que me dices, veo que todas las dificultades que podían presentársenos se han allanado. Ojalá y vendan la explotadora y también Gustavo pueda realizar los bonos del Ferrocarril que le dejarían muy buen dinero. Si estas dos operaciones se llevan a cabo, la situación de toda nuestra familia será inmejorable…”.
Gustavo sería asesinado de forma afrentosa y bárbara. Madero que se había educado en Francia y que dijo, alguna vez, “que le prepararon para banquero y terminó de ranchero”, –hizo reformas notables en sus propiedades y en relación con sus trabajadores- en esa carta, festejaba las buenas noticias de la familia: “Celebro igualmente el excelentísimo precio (decía a su padre) que tiene el guayule y algodón, que en estos momentos son los principales elementos de que disponemos…”.
Una historia económica, social y humana, con las palabras de su tiempo. Tiempo integrado en las esperanzas y los sueños de una generación que se planteaba, con los supuestos de interpretación de su época, intereses y afanes, el nacimiento de una nueva época. La sangre, de nuevo, derramada, se cruzaría con los hombres y con sus esperanzas. ¿Cabe aprender?
El Madero a punto de ser presidente, aconsejaba a su padre, todopoderoso, en cuestiones que había estudiado en París “para ser banquero”: “Si acaso se lleva adelante la venta de la explotadora yo creo que sin dilación –dice a su padre- conviene comprar en ésta las acciones de jxdtyivrx por las razones que tuvimos en cuenta en Monterrey…”.
La carta a su progenitor –ya discípulo- era del 2 de mayo de 1910. Todo cambiaría en días tempestuosos y alertadores, de esperanza y temor, que el tiempo real redujo a cenizas y obligó, en la exasperante y revolucionaria contradicción de la existencia, a observar y asumir el inexorable principio de la realidad.
Hoy, a un siglo, el relato está vivo, es existencialmente experiencia y testimonio, prueba y drama, esperanza y territorio de un recorrido común que, por no haber sido visto y contemplado desde la crítica histórica, se repite como una leyenda, pero en el cuadro, insumiso, de la barbarie.
E-mail: alponte@prodigy.net.mx
jueves 26 de mayo de 2011
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"La sangre, de nuevo, derramada, se cruzaría con los hombres y con sus esperanzas. ¿Cabe aprender?"
ResponderSuprimirDeberíamos... pero al solo leer la Biblia, comprendo el porqué de nuestra realidad: la condición humana es siempre la misma...
Pero aún así, debemos aprender.
Excelente escrito Mtro.