Juan María Alponte
La vieja frase rusa, perdida en las nieblas, vuelve a rebrotar. En efecto, el velikii ruskii narod, el gran pueblo ruso, parece harto de una comedia (la sucesón de Vladimir Putin) de sucesión en el poder que convierte al viejo oficial de la KGB, en el sucesor de sí mismo.
Las últimas elecciones, una farsa de viejos tiempos, han llevado a la protesta social a las plazas de las ciudades rusas. El arrepentimiento –la palabra rusa pokolanie tiene esa connotación, pero con una carga religiosa notable- se ha transformado en un profundo deseo de reforma de un sistema que devolvía al país al Homo sovieticus tradicional.
El antiguo espía de la KGB en Alemania Oriental, Putin, se pasó de rosca. Un día diría a Lyudmila Putina que, en Alemania del Este –bajo la ocupación soviética- pese a todo “había abundancia de todas las cosas. Yo mismo engordé 25 libras (recuérdese que era karateca) y había mucha cerveza”. Aún ocupada militarmente, Alemania era otra experiencia vital para un ruso.
En el poder desde 1999 –primero como presidente, después como Primer Ministro y, ahora, de nuevo como presidente- Vladimir Putin se confronta con el resultado de unas elecciones que han colmado la paciencia pública. Su partido, la Rusia Unida, pese a los excesos del poder, ha obtenido menos del 50% de los votos. The Economist titula las elecciones sin equívocos: “Voting, Russian-style”. Añade que la elección fraudulenta se ha convertido, al final, en una completa protesta.
Señala, la gran revista inglesa, que ha seguido, desde Moscú, el “reto” electoral: que la oposición fue barrida y la televisión de Estado estuvo enteramente al servicio de Putin, Primer Ministro de Dimitri Medvedev que, ahora, sería, a su vez, Primer Ministro. Demasiado y ostensiblemente evidente. Hasta el Partido Comunista obtuvo, oficialmente, el 26.3% del voto.
Rusia es el país más grande del mundo en superficie –17,075.400 Km2-, pero tiene la mitad de la población que tuvo la Unión Soviética porque una parte de sus ciudadanos están fuera de la Federación Rusa en nuevas repúblicas independientes.
Lo vivió Gorbachov al liquidarse el régimen soviético. En el primer Congreso después del derrumbamiento de la URSS escuchó las voces de los representantes de varias repúblicas que pedían la independencia. Asombrado, ausente de la historia, se limitó a decir a decir: “¡No hay más que un pueblo, el pueblo soviético!”. Si hubiera leído, de verdad –¡qué gran lección!- la historia de su país hubiera sabido que en 1917, al producirse el fin del Imperio Zarista, esas mismas repúblicas exigieron la independencia porque eran viejas conquistas militares del zarismo. Los libros soviéticos hicieron una historia al servicio del poder –¿sólo allí?- y sus manuales escolares nunca señalaron que Trotsky, el fundador del Ejército soviético, aniquiló toda tentativa “secesionista”. Corrió la sangre, pero se impuso el nuevo ejército. Esa gran etapa histórica se eliminó en nombre del nuevo nacionalismo soviético.
Yurii Afanasev, que fuera editor de la revista Comunist (del Comité Central) y hoy el historiador notable de esa época nos dice, a la letra, lo siguiente, que no es nada nuevo: “En los libros de texto del 9° grado, por ejemplo, usted no encontrará una página que no esté falsificada. El relato entero del libro de texto es una mentira que nuestros maestros forzadamente metían en la cabeza de los jóvenes alumnos. Lo mismo ocurría con nuestros libros de texto a nivel secundaria, especialmente en la historia sobre el Sóviet y el Partido”. (Perestroika and Historical Knowledge)
Añade, página 545 de la Michigan Quartele Review, cuya Universidad hizo una gran conferencia internacional, con sus protagonistas, bajo cuya denominación reunió numerosas personalidades mundiales: “Perestroika and Soviet Culture”. La Universidad de Michigan publicó un libro de 782 páginas (1989) recuperando las intervenciones. Yurii Afanasiev, joven profesor universitario y hoy autor de libros notables sobre Rusia y la URSS, dice lo siguiente: “Desde el comienzo de 1930 y prácticamente hasta hoy Rusia existió en un estado intelectual de auto-aislamiento. La tercera generación de historiadores soviéticos está apareciendo, pero es totalmente ignorante de las mayores corrientes del pensamiento humanístico y social. Nosotros hemos vivido sin Durkheim, Mosca, Weber, Toynbee, Freud, Ortega y Gasset, Croce, Spengler, Braudel, Sorokin, Marcuse, Collingwood, Jasper, Althusser, Jakobson, Saussure, Trubeskol, Boas. Y uno podría ir más lejos. Esos nombres eran, todos, pináculos del pensamiento no marxista en todos sus aspectos, desde lo más brillante a lo más oscuro, pertenecen al mundo de la cultura y su conocimiento debe ser requerido para un humanista educado…”.
La apreciación general de Afanasiev es válida hasta cierto punto, porque Althusser, hasta 1980, año en que asesina a su mujer, era el más destacado comunista francés y su libro “Leer el Capital” fue un dato eminente en esos años de relectura marxista. También prohibido en la URSS.
En fin, la lista de Afanasiev releva, en lo general, lo que el historiador ruso pretende hacer comprender: los efectos culturales, en el plano de una censura lamentable que, a la vez, conllevaba consigo la falsificación de la historia en términos políticos y, ello, desde un nacionalismo autoritario que paralizaba la crítica histórica.
Lo cierto es que igual que Gorbachov no sabía nada de las rebeliones nacionales –en su famoso discurso secreto Kruschov reveló al XX Congreso, en 1953, las terribles represalias stalinianas contra los movimientos nacionalistas en regiones que, posteriormente, se convirtieron en repúblicas independientes- en el periodo revolucionario.
Lo significativo, una vez más, es que un espía-burócrata como Putin pudo plantearse, con éxito, una reproducción del poder personal, envuelta en un papel plateado moderno, que supuso el asalto a la cima por la represión y la mentira, cierto, pero también controlando los medios y los recursos económicos.
Ahora bien, la lectura de Yurii Afanasiev debe analizarse a escala de las naciones y los pueblos. Cuando señalaba, en el mismo discurso de la Universidad de Michigan “que se ocultaban los hechos fundamentales de la historia nacional y filosófica lo que creaba una ‘sclerosis’ (empleo la palabra que utilizó en su discurso) que cerraba el camino a una visión crítica de la historia”.
En nuestro caso el tema es apasionante y requiere, sin duda, una ruptura con una interpretación de buenos y malos que paraliza la historia como contradicción y choque de clases desde una perspectiva dialéctica de la historia. En el caso de México se ha llegado también a niveles, en ese terreno, de fantasía.
Lo cierto es que Vladimir Putin es el heredero de un proceso que las protestas sociales invitan a pensar que la sociedad ha madurado y que se resiste a perpetuar el pasado. Es cierto que ha tenido en la mano dos armas poderosas: la corrupción y el chorro del petróleo y el gas amén de los minerales y la televisión.
El sistema “putiano”, si se me permite decir así, ha gravitado sobre una economía (que pasó de lo “público” a lo “privado” bajo la misma hipótesis de los grupos de poder) de grandes multimillonarios que proporcionaban, al sistema, “estabilidad” y bases económicas de maniobra con industrias, a la vez, de Estado que coincidían, con los conglomerados privados, en la defensa de los mismos intereses. En suma, un matrimonio de enormes intereses oligárquicos, públicos y privados, que concentraban el ingreso desmesuradamente. Ya en el año 2009, cuando el consumo interno se contrajo un 8%, el Gobierno asumió que los nuevos patriarcas tenían que asumir un cambio…
De todas formas con casi 10 millones de barriles diarios de petróleo y con el 25% del gas natural mundial, la capacidad del Gobierno para establecer “alianzas” era enorme aunque las insurrecciones en el Cáucaso Norte y el terrorismo señalaran en qué medida la tensión social era alta.
De acuerdo con The Economist, The World in 2012, Rusia tiene 141.2 millones de habitantes y 13,650 dólares per cápita, es decir, ni de lejos los 60,130 de Suecia, los 79,810 de Suiza, los 39,770 de Inglaterra, los 42,930 de Francia, los 43,740 de Alemania.
Sin embargo, las reservas petroleras de Rusia, al nivel de la producción actual son válidas para 21.8 años. Aún así, la portada de The Economist del 10 de diciembre, con amplia fotografía de Putin, campea sobre su cabeza este título: “Putin’s Russia, the cracks appear”.
Si el “crack” aparece ¿el petróleo y el gas son suficientes para impedir el “desastre”? Los meses que vienen serán importantes, pero lo que decía Afanasiev es válido no sólo para Rusia: “Los estudios históricos, en Rusia, en mi opinión continúan en estado de estancamiento”.
En suma, no es sólo necesario crear una economía al nivel de la mutación científico-tecnológica de nuestro tiempo, sino que es preciso reescribir la historia y dejar atrás, una historia que paraliza el proceso dialéctico y crítico y hace imposible la creación de una sociedad apta para un cambio histórico. Si la historia es una fabulación ¿a quién dirigirse?
E-mail: alponte@prodigy.net.mx
jueves 15 de diciembre de 2011
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