Juan María Alponte
No he podido ocuparme en el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, de un tema de enorme trascendencia. Lo hago ahora.
En mi libro, “Mujeres. Crónica de una Rebelión Histórica” (libro editado por Aguilar, 2005) hacía ya un vasto recorrido por mujeres que aportaron, con la vida, su batalla por los derechos humanos y la plena igualdad de género.
Hoy quiero asumir un texto que, podría decirse sin exceso, que fue uno de los grandes alegatos en favor de la dignidad de la mujer y ello, además, entre los primeros. Me refiero al libro de John Stuart Mill, “The Subjection of Women”, (que se tradujo como “La Esclavitud de las Mujeres”) que se publicó en 1869.
John Stuart Mill, filósofo y economista británico (1806-1873) fue un personaje notable que, en muchos aspectos me recuerda a John Locke a quien debemos, cien años antes de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, una presentación, rigurosa, de los derechos del hombre en un proyecto, derivado de su segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, que le vincula a los hombres que se plantearon, en 1690, los prolegómenos filosóficos del Estado moderno sometido a la ley no al rey. Texto lockiano que señalaba no sólo el poder parlamentario como fundamento del Estado de Derecho, sino la posibilidad de la rebelión frente a un mal gobierno. Locke (1632-1704), en suma, construye la idea del gobierno representativo del poder del pueblo y construye, a su vez y paralelamente la significación de la tolerancia.
De ese tronco filosófico –herederos de la finalización en Inglaterra, en 1689, de la Monarquía Absoluta y la transferencia del poder al Parlamento- procede Stuart Mill. En su libro “On Liberty”, texto clásico del liberalismo, aduce que ni las leyes del Estado ni el Juicio moral inhibitorio pueden limitar la libertad conciencial. Es cierto que Inglaterra vivió la Revolución protestante de Lutero como el fin del pensamiento único que, hasta Lutero, dependía de la Roma papal.
Personalmente John Stuart Mill fue un niño prodigio que asombró a los eruditos de su tiempo. Dominó el griego y el latín, leyó a Platón a una edad inverosímil –no lo digo para que no me tiren piedras- pero me veo en la obligación de decir algo inverosímil: que a los 10 años se echó al coleto a Newton leyéndose su Principia Mathematica. No sigo para no atropellar a los políticos.
Stuart Mill fue, valeroso en su tiempo, un defensor de la mujer y las mujeres le cercaron. Una de ellas, Harriet Taylor le acompañaría en un vertiginoso y apasionante salto hacia otra edad. En efecto, Harriet estaba casada, con John Taylor, cuando se cruzó con el joven filósofo. Tenía, ella, por entonces, tres hijos. Su enamoramiento fue incendiario y el marido de Harriet, John Taylor, dejó vivir, conmovido, la pasión platónica de los dos que nunca transgredieron la ley, pero no ocultaron su amor.
Ese trío vivió, en los límites de su tiempo, una relación conmovedora que, a la muerte de John Taylor, se transformó, formalmente, en nuevo matrimonio.
El filósofo del feminismo –en su tiempo era una batalla en tierras furibundas- ya casado, escribió los dos libros de ruptura ya citados, sobre la libertad y la esclavitud de la mujer que fueron, en su tiempo, el acceso y el tránsito a otra edad política y cultural.
Generoso y consciente de la significación de su amor por Harriet, John Stuart Mill insistió ante amigos y extraños que sus dos grandes libros, deuda le tenemos a él y John Locke, los había escrito con su mujer, lazo de amor y densidad de un descubrimiento que en su tiempo era un salto en el vacío porque, para la mayoría de los valores, el papel de la mujer era inexistente.
Cabe, por tanto, revelar y resaltar esa epopeya que transformó a la mujer en verdadera identidad humana. En mi libro, antes citado, recupero voces de mujer que transformaron su tiempo. No podemos eludir que los revolucionarios franceses que el 26 de agosto de 1789 aprobaron la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de ninguna manera incluyeron, en ella, a la mujer, que continuó inexistente civilmente.
Cuando –una de las figuras femeninas de mi libro- Olympia de Gouges redactó, en 1793, la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana fue conducida a la guillotina, por “subversiva”, no sin antes cosificarla con toda clase de vituperios. No se libró de ser tratada como prostituta y se hicieron libelos contra ella diciendo que “se bañaba desnuda” todos los días. Pecado.
Duro ascenso del hombre hacia la humanidad, imposible sin la mujer, pero que Olympia de Gouges conmemoró en el patíbulo declarándose, allí, revolucionaria y republicana. Mejor lo fue que sus negadores y ejecutores “revolucionarios”.
En la galería de mujeres que del amor pasaron a la profecía, como Harriet primero Taylor y después Mill, cabe destacar que la rebelión de las francesas ante la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, portaron también, en su famoso memorial de Quejas elevadas al rey y a la Asamblea Revolucionaria, a Sor Juana Inés de la Cruz.
La memoria, hecha de olvidos y elusiones, me permite, en este día, hacer el elogio, también, de mi esposa que ha estado, conmigo, en igualdades compartidas, en toda mi obra de escritor y profesor.
E-mail: alponte@prodigy.net.mx
martes 13 de diciembre de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada