viernes 16 de diciembre de 2011

SE DESPLUEBLAN LOS PINOS DE FUNCIONARIOS

Juan María Alponte

Montesquieu, el admirable autor de L’Esprit des Lois, (1748) y, en consecuencia, de la división de poderes, dice en el Libro VIII Capítulo II, “que un pueblo cae en la desgracia cuando aquellos en los que confía deciden ocultar su propia corrupción corrompiendo, a su vez, al pueblo. La corrupción, prosigue Montesquieu –del que suele no saberse nada más que su famosa anatomía política del Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo y el Poder Judicial- aumentará entre los corruptores e incrementándose, a su vez, entre los que ya se han corrompido”.
Estaba leyendo, no per accidens, ese axioma deslumbrante cuando me entero que numerosos e importantes funcionarios de Los Pinos –nuestro Eliseo- han dimitido en bandas para estar presentes en todas las elecciones que vienen. Impresiona –reléase a Montesquieu- esa voracidad insensible a la mirada y al asombro del otro. Esa banda no piensa nada más que en seguir, en el próximo sexenio, antes de que llegue, en los centros del poder donde los aguinaldos se entregan en volandas.
La esposa del dictador de Rumania –Ceausescu- en las horas trágicas de su doble huida al derrumbarse el régimen, olvidó su diario de notas personales. Una de ellas revela que el poder no tiene límites y, por ello, posee, como la huida masiva de Los Pinos en busca del porvenir sacrificado, para ello, una inmensa connotación lúdica. Véase este parlamento de Elena Ceausescu: “He ido al oculista. Me ha dicho que necesito lentes. Es un pequeño burgués”.
Leo una crónica de Zamacois del año 1853 no en el Bucarest de Elena Ceausescu, sino en nuestro México. Dice, a la letra, lo siguiente: “El desfavorable concepto que tenía formado el país de los representantes del pueblo era terrible. No había folleto, no había periódico que no les presentase como gravosos al erario y de ninguna utilidad a la nación. Hasta en un calendario que se publicó en aquellos días se encontraba un artículo intitulado ‘Máquina para hacer diputados’ donde se les presentaba de la manera menos favorable. Que la sátira contra ellos encontraba benévola acogida, lo prueba el que, en ocho días, se vendieran del expresado calendario, veinte mil ejemplares, y se hizo una reimpresión de ocho mil más que desaparecieron, también, inmediatamente”. (Página 78)
Los Ceausescu invitaron a Rumania al líder comunista Marchais y su esposa. En su diario, Elena escribe así: “Las escuchas en la habitación (de los Marchais) son formidables: son exuberantes entre ellos. El camarada Georges Marchais hablaba alto y tan fuerte (seguramente pensaba que le estaban grabando) esa noche que el traductor no ha podido registrar íntegramente los propósitos intercambiados entre los dos. O, acaso, este traductor es un cretino”. (Nota C. 228, 1981)
En Francia el ex presidente Chirac, enfermo, acaba de ser condenado, en estos días, por un Tribunal por el uso indebido de recursos cuando fue alcalde de París. Le alcanzó el juicio al final de su vida.
En el Libro 20, Capítulo III del Esprit des Lois, Montesquieu advierte: “Hay dos clases de pobres (no hablo de los que se marchan de Los Pinos para obtener una nueva pinada): aquellos que la dureza del gobierno ha convertido en pobres y aquellos pobres cuya pobreza es tal que esa misma pobreza es parte de su servidumbre”. Son buenos para ser acarreados, se dice en México.
Elena Ceausescu nos proporciona este mensaje en su diario (C. 71, 1978): “Reemplacemos el capitalismo monopolista de Estado por el monopolio de los trabajadores que dirigirán –eso sí- el partido y sus miembros más eminentes”.
Una nota inmediata (la C. 74, 1978) dice esto que tal: “El sector bancario rumano tiene su sede en Zurich (Suiza) y la cuenta 678543 (la suya) se ha modificado recientemente”. No le sirvió de nada.
El mismo cronista mexicano ya citado nos dice que, en 1853, el regreso a México (de su exilio dorado) de Santa Anna fue extraordinario, en Veracruz. “Cuando el general Santa Anna (que llegaba para redimir al país que ya había ‘redimido’, pero insuficientemente) se dejó al fin ver en su carruaje ante la multitud que le esperaba ansiosa, el pueblo, lleno de entusiasmo, desunció, a pesar de la escolta, los caballos de la carroza, y le condujo en triunfo, atronando el aire con estrepitosos vivas. Aquel mismo pueblo había arrastrado su pierna nueva años antes y había derribado sus estatuas dando ¡mueras! al que en aquellos momentos llevaba en triunfo”.
Leo el diario de Elena Ceausescu, a su vez, se dice: “¡Como la última vez los mineros han arrojado piedras a Nick! (Nick era Nicolás Ceausescu). Ha vuelto temblando y muy pálido. No ha cenado nada en la noche. ¡La próxima vez yo me voy a ocupar de esos malvados a sueldo de los imperialistas y que han puesto a Nick en tal estado!”.
En la página 638 del tomo 13 del autor citado se dice que el general Santa Anna (ya presidente ¿cuántas veces?) “rodeado de sus ministros se dirigió a la catedral donde el Ilustrísimo Señor Arzobispo cantó el Te-Deum…Así fue recibido el general Santa Anna. Las más lisonjeras esperanzas tenía la patria en él”. ¿Se realizarían? Es evidente que no.
¿Serán mejores gobernadores, alcaldes, diputados, senadores o dueños de casinos los que huyen de Los Pinos, sin haber terminado su trabajo? Responden sin insultos.
La última nota en el diario de Elena Ceausescu es de este nivel: “El sistema que nosotros, Nick y yo, hemos construido en veinticinco años, es indestructible. Continuará bien después que nosotros. ¡Reirá bien el que ría el último!...”. (Nota C. 564, 1989)
Unas horas después de esa última escritura, los Ceausescu serían asesinados, crimen que nadie podría acreditar como victoria, pero esa última nota revela lo poco que se aprende en los palacios del poder. Me temo que la banda que busca nuevos puestos, con amplios aguinaldos, después de abandonar Los Pinos difícilmente nos invitará a pensar en mejores días. Por ello mismo termino esta crónica, no exenta de dolor y preocupación con la máxima anterior de Montesquieu: “Los pueblos caen en la desgracia cuando aquellos en los que se confía, quieren ocultar su propia corrupción buscando corromper a los demás”.
La última nota de Elena Ceausescu ya la leyeron previamente. Pero, sin embargo, no me resisto a traducir una nota de Elena, en París. Es lúdica y desproporcionada porque el poder hace desmesurados: “Cuestión idiota. Un Jefe de Protocolo me ha preguntado si prefería visitar el Pequeño o el Gran (Petit u Grand) Trianon. ¡El Grande bien seguro! ¿Por quién me toma él?...”.
Con este artículo me despido provisionalmente. Me marcho de vacaciones con mi esposa. El semestre en la Facultad está terminado y el privilegio de haber dado diez conferencias en el INAP cierra, para mí, esta pequeña etapa de trabajo. Eso sí apasionadamente.

E-mail: alponte@prodigy.net.mx

2 comentarios:

  1. A descansar con ganas porque, como decía mi padre -supongo que antes de él, otros más-: "Quien no sirve para descansar, tampoco sirve para trabajar...". Y es cierto. Como desde hace muchos años, estaré a la espera de sus cápsulas de sabiduría. No tarde tanto, maestro, el mundo va muy aprisa. Saludos.
    (MARTÍN EQUIHUA)

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  2. Murió Havel, Maestro. Gracias por habérnoslo presentado. (Bernardo León)

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