viernes 27 de enero de 2012

DÍA INTERNACIONAL DE LA MEMORIA DE LA DESTRUCCIÓN

Juan María Alponte

El 27 de enero se conmemora el Día Internacional de las Víctimas de la Shoa –la Destrucción- y de la Prevención de Crímenes contra la Humanidad. Hoy, pues.
Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz -1986- fue un superviviente de Auschwitz –no su familia desparecida en el horror- y es uno de los grandes eruditos de la memoria. Habla hebreo, yiddish, inglés, alemán, húngaro y rumano. Nació en Transilvania, una región de Rumania que dependía, entonces, de Hungría.
Cientos de miles de ciudadanos rumanos, de origen judío, fueron asesinados. De los 900,000 judíos existentes en Rumania antes de la guerra sobrevivieron 6,000. En total fueron 6 millones. Elie Wiesel –que escribe sus libros en francés- dice que estudiaba, el significado bíblico del sacrificio de Isaac cuando encontró en la Biblia el término “ola” del que nació la palabra Holocausto.
En “Elie Wiesel, qui étes-vous?” añade que, en hebreo, “ola”, significa “la ofrenda por el fuego”. (Página 54). Entonces, señala, “elegí esa palabra. Ahora yo lo lamento”. Señala que, en ese sentido, “la ofrenda por el fuego parecería que los judíos aceptaban el sacrificio”. La palabra Holocausto, por tanto, fue reemplazada por la voz “Shoa” que, en hebreo, significa destrucción. Holocausto, añade, Wiesel, “es una palabra que ha traicionado su significado”. “Un mot, escribe él, qui a trai sa signfification”. (Página 54)
Proporciono esos detalles, poco conocidos, porque elevan a categoría histórica el dilema de las denominaciones. Lo cierto es que Elie Wiesel nació, en 1928, en una población llamada Sighet que contaba 200,000 judíos. Entre ellos su familia. Él es su solitario sobreviviente.
¿Cómo comenzó todo? Releo un libro admirable del filósofo francés, de origen judío, Raymond Aron. Antes de continuar debo decir que la Revolución Francesa convirtió a la comunidad judía de Francia en ciudadanos franceses. Cuando Hitler invadió Francia no existía comunidad judía propiamente dicha. La Gestapo buscó, por tanto, en el Registro Civil y, por apellidos (la perversión es un fenómeno inaudito) 75,000 franceses fueron conducidos a los hornos crematorios. Regresaron, a Francia, 7,500. Entre ellos una adolescente que sería una mujer excepcional en la cultura y la política de Francia: Simone Veil. Le rindo mi homenaje personal. A ella, en gran medida, se debe que Francia adoptara, en 1974, la Ley del Aborto.
Decía –antes- que leía un libro de Raymond Aron: “Mémoires: 50 ans de réflexion politique”. En ese libro de memorias –indispensable- Aron cuenta que, con otro estudiante de Filosofía, Jean-Paul Sartre, fue, con él, a Alemania. Estaban los dos en la misma Universidad francesa, y aspiraban a continuar sus estudios filosóficos en Alemania. Era el año 1933.
Hitler acaba de ganar las elecciones –aunque parezca mentira legítimas- y era ya, en ese año, el canciller del país. Raymond Aron, escuchando sus discursos se preguntaba cómo un pueblo culto, lleno de filósofos y músicos, “podía oír a tal persona”.
En las páginas 84-85 del Tomo I de sus Mémoires cuenta, Aron, un hecho ya terrible. Dice que el 10 de mayo de 1933 vio en Berlín –a la vera misma de la Universidad- la quema, en una pila, de los libros de los “enemigos del nazismo”. Presidía, esa escena salvaje, el propio Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler. Los más grandes escritores alemanes o europeos eran arrojados al fuego (primero los libros y después los seres humanos) con los ritos de la Inquisición: “Ich úbergebe dem feuer” que equivale a decir “yo arrojo al fuego”. Los mejores libros de autores famosos como los del alemán Thomas Mann, Premio Nobel de Literatura; los de Freud; lo de Musil, etc., etc., encendían, con sus llamas, la maravillosa avenida Unter den Linden.
Al lado de Aron, en ese escenario, estaba el hijo de Thomas Mann-éste sería expulsado del país por los nazis- Golo Mann que, con Aron, permanecían espantados y silenciosos. Aron lo explicaba así: “En un país de cultura y, más aún, de alta cultura, la vieja clase dirigente de Alemania, había confiado a unos rufianes la misión de devolver a Alemania su independencia y su potencia. Los libros se consumían en la Unter den Linden como antes los de la Biblioteca de Alejandría: las llamas simbolizaban la barbarie al poder”. (Páginas 84-85)
He traído, para este día, esa memoria porque esa hoguera era ya una declaración de guerra contra la civilización. Los hijos de Sigmund Freud –en Viena- intentaron que su padre no leyera los periódicos donde se relataba lo ocurrido el 10 de mayo de 1933: la quema de sus libros.
Martin Freud, hijo de Sigmund Freud, cuenta en su libro “Sigmund Freud, Man and Father” que, finalmente, se enteró. Hizo esta reflexión que no sabía que tendría un trágico sentido histórico: “En otro tiempo, dijo a sus hijos, me hubieran quemado a mí”. No sabía, entonces, que sus palabras serían un asombroso vaticinio.
Se salvaron, él, y su familia, porque la princesa María Bonaparte asumió la tarea de sacarle de Viena. Pagó el rescate que los nazis (que habían anexado ya Austria y, por tanto, Viena) pedían y logró que Freud pudiera llegar a Inglaterra. Allí murió en 1939. Poco antes había recibido, allí, a Salvador Dalí. Le interesó mucho, por cierto, el pintor.
Relato esa historia porque la quema de los libros, el 10 de mayo de 1933, anunciaba los hornos crematorios. El 5 de marzo de 1933, en elecciones libres, Hitler y el Partido Nazi obtuvieron el 43.9% de los votos; los socialistas el 18.3% y los comunistas el 12.3%. Hitler pudo asumir el poder porque el Partido del Zentrum (democristiano), con el 11.2% le dio la mayoría. Pronto, bajo el pretexto del incendio del Reichstag –una maniobra nazi- declaró fuera de la ley a los socialistas, 121 diputados, y los comunistas, 81 diputados y abrió, para ellos, los primeros campos de concentración. Se comenzaba.
Todo lo demás es de dominio público. La decisión del exterminio total del pueblo judío se transformó en una gigantesca represión y liquidación a escala de Europa que haría de Auschwitz el nombre y sobrenombre de la infamia. Me ha parecido necesario, porque es poco conocido, el episodio de la quema de los libros y, porque anticipaba lo que, en términos de la burocracia de la muerte, se bautizó, por Hitler, “la solución final”, esto es, el exterminio total.
Dice Elie Wiesel que cuando dos judíos, sobrevivientes, se encontraban, si hablaban yiddish, se preguntaban: “¿Y tú, dónde estabas durante el Hourban?”, en otras palabras, “¿Dónde estabas tú durante la Destrucción?”.
Una parte del relato de Elie Wiesel me conmueve hasta la raíz de mí mismo. Dice en el libro “Elie Wiesel, qui étes-vous?”, página 78 “que a la hora de la liberación de los campos nosotros no podíamos más: las torturas, el hambre, las enfermedades…Desde el 5 de abril de 1945 se nos había rehusado toda comida y el 11 de abril llegaron los americanos. Entre nosotros –continúa- se encontraban algunos prisioneros de guerra rusos. Ellos estaban tan hambrientos y debilitados como nosotros. Se apoderaron, sin embargo, de algunos ‘jeeps’ americanos y de algunos fusiles-ametralladoras y se fueron a algunos pueblos del alrededor a matar gente. Era su manera de vengarse. Nosotros, nos hemos reunido en un minyan y hemos recitado el Kaddish, la Oración de los Muertos”. ¿Quién tenía la razón? ¿Quién estaba equivocado?
Brigitte-Fanny Cohen, la autora del libro “Elie Wiesel, qui étes-vous?”, “Elie Wiesel, ¿quién eres tú?”, le pregunta lo siguiente:
“Tú eres igualmente una víctima, tú has sufrido enormemente en los campos. ¿Acordarías un perdón a Alemania?”.
Respuesta: “Si alguien viniera a decirme, Elie Wiesel, me perdonas, yo no sé cuál sería mi respuesta. Puede ser sí, puede ser no…pero nadie, jamás, me lo ha preguntado”.
Brigitte-Fanny Cohen le hace otra pregunta, quizá fundamental: “Sunkélevitch pensaba que los crímenes nazis englobaban la responsabilidad nacional de todos los alemanes. ¿Encuentras esta posición excesiva?”.
Respuesta: “No es preciso exagerar. ¿Puede decirse que los alemanes nacidos en 1939 eran responsables? Yo pienso que sólo los culpables y sus cómplices son responsables. Seguramente se puede evocar el ambiente, la cultura y todo esto que un pueblo está caracterizado de ser o de hacer. Esto, ciertamente, ha contribuido al desarrollo y expansión del nazismo. Pero decir que todo el mundo es responsable equivaldría a decir que nadie es responsable”.
Termino. He intentado presentar a mis lectores –entre ellos a la Generación 2008-2012 de Ciencia Política y Administración Pública que me eligiera como su mejor profesor- una inmensa tragedia humana con datos y aportaciones, poco conocidos, que quizá nos permitan hacer una reflexión de gran magnitud: nunca más y nunca más en nuestro cada día de barbarie.

E-mail: alponte@prodigy.net.mx

1 comentarios:

  1. Sin duda alguna, reflexión fundamental que despeja grandes dudas sobre el Holocausto, así como ser un llamado de atención a encontrar y asumir la tolerancia, la pluralidad y la humanidad, como condiciones para nuestra vida y obra. Gracias profesor.

    Mtro. Bladimir Juárez Durán.

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