Juan María Alponte
El naufragio del “Costa Concordia” en las costas (dulces) italianas de La Toscana presenta, en la perspectiva dialéctica de un mundo enterrado en catástrofes financieras, muchas e inimitables semejantes con lo que ha ocurrido con el “costa” de Wall Street. Digo “costa” y no muro para acercarnos al mismo precipicio.
Recordemos que el gobernador holandés de Nueva York, Peter Stuyvesant, construyó para proteger a los colonos de la “amenaza” de los indios (que previamente habían sido expulsados con los fusiles de ese territorio) un muro (Wall) en el siglo XVII. Finalmente el muro fue derribado en 1699 y reemplazado por una calle que fue bautizada como Wall Street o Calle del Muro.
La Bolsa de Nueva York se inauguró en 1792 para convertirse en el corazón financiero del mundo y, con el convenio Buttonwood Agreement, se establecieron las tasas de las comisiones fijas ligadas o vinculadas al libre cambio de títulos. En 1992, olvidada la Calle del Muro del desastre de 1929, Wall Street celebraba con toda clase de ceremonias y fastos su primer centenario.
La Calle del Muro, con Greenspan a su cabeza, se ha transformado, universalmente, en la sede de una manipulación irresponsable del sistema financiero y bancario. Irresponsabilidad que se ha definido, históricamente, por un Premio Nobel de Economía como el “capitalismo de los compinches”.
La negación de la ética de los comportamientos, la absoluta sumisión alienada al beneficio, generó, finalmente, una catástrofe económica que inició, como en una pirámide de cartas, un desastre naval a escala, en todas las costas mundiales. Los banqueros todavía nos están pasando factura.
No me parece nada temerario comparar el hundimiento del Costa Concordia con el comportamiento de los banqueros de Wall Street, es decir, la Calle del Muro.
Sus capitanes, como el capitán del Costa Concordia, fueron los primeros en huir del buque bancario y financiero que se hundía, pero eso sí, llevándose, antes, en la alforja, con los dividendos y las ganancias más altas –bonos, salarios, aguinaldos y privilegios accionarios- de la historia de los últimos decenios.
La irresponsabilidad de los grandes banqueros, arruinando a millones y dejando en el patíbulo a Madoff (figura grotesca del agiotismo) no es distinta a la del capitán del Costa Concordia que tomó las de Villadiego antes de que el enorme buque (un muro declinante en el mar toscano) dejase en el pánico absoluto a 4,200 pasajeros.
El sistema capitalista que construyó el enorme buque turístico, en el fondo como una burbuja financiera, sin la menor preocupación por la seguridad de los pasajeros y además, revelándose que no existía la preparación técnica adecuada para hacer frente a un naufragio.
El sistema que ha construido el Costa Concordia no es distinto, a escala, que el producto universal que levantó Wall Street como catedral de la especulación para millones de pasajeros inversores saqueados y olvidados.
La semejanza con el Costa Concordia es, trágicamente, una parodia del capitalismo de los compinches. El capitán del buque, como los directores de los mayores bancos del mundo, no asumieron ninguna responsabilidad y sólo han luchado (y obtenido) que sus “bonos” y “salarios” se mantuvieran al nivel más alto. La empresa que construyó, para miles de pasajeros, el Costa Concordia, no dudó en elegir una tripulación incompetente, mal pagada y mal dirigida, que dejaba, sin más, una súper-estructura naviera inmensa en manos de la nada lo que, en buen lenguaje popular, se ha bautizado, a lo largo de los siglos, “sálvese el que pueda”.
El capitán del buque naufragado, como la tripulación de Wall Street, revelan un hecho portentoso y dramático: que el apetito de la ganancia tiene tal nivel que, tema que en el Costa Concordia se ha hecho tan evidente que los pasajeros, tan felices con sus novias y sus vacaciones de “primera clase”, eran inexistentes para las sociedades bancarias que, en Wall Street, se enriquecieron con productos tóxicos y especulativos sin una sola duda moral sobre sus actos.
El capitán que huyó antes que nadie y la tripulación que no sabía, así no más, cómo descender las lanchas de salvamento, revelan la existencia de un modelo económico que atrapa a los que sueñan con un yate y los enajenan con un buque de 16 pisos que choca con unas rocas que todos los mapas señalan y diseñan. Cuando “se fue” la luz del buque el capitán, ya con la maleta en la mano, dijo, solemne, estas palabras (no sabían los oyentes que eran su adiós) de seguridad: “No os preocupéis es un accidente eléctrico. Lo estamos reparando”.
En Wall Street la crisis se hizo universal. El Costa Concordia es más limitado, pero a la peripecia del salvamento in extremis, se añade, ahora, como en la cadena de la crisis mundial, la posibilidad de una hecatombe ecológica si se derraman, en el mar y la costa, las 2,380 toneladas de diesel.
Menos mal que una pareja de coreanos –si fueran de Corea del Norte sería un escándalo- en luna de miel fueron rescatados cuando ya, desesperados, no sabían si arrojarse al mar o seguir haciendo el amor.
E-mail: alponte@prodigy.net.mx
miércoles 18 de enero de 2012
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