jueves 19 de enero de 2012

EL DOBLE DISCURSO COMO NORMA: MEMORIA DE LA MEMORIA

Juan María Alponte

Los sofistas griegos hicieron famoso el doble discurso, el dissoi logoi. Sostenían, los sofistas, que podían generar un discurso creíble, que entusiasmara a la gente, siendo lo contrario del día anterior. El arte de la confusión es antiguo.
En México existe un ejemplo, histórico, notorio. En 1812 al conocerse, en México, la proclamación de la Constitución liberal de Cádiz en cuya redacción participaron, por cierto, 17 diputados mexicanos apoyando, notoria e inteligentemente, la histórica proposición liberadora: que la soberanía recaía, esencialmente, sobre la Nación y no sobre el Rey.
Era y fue una ruptura total con la Monarquía Absoluta. Por cierto, uno de los diputados mexicanos sostuvo que el texto debía decir que la soberanía recaía “radicalmente” y no esencialmente sobre la Nación. Radicalmente presupone, desde el latín, radice, una connotación magnífica: ir a la raíz de las cosas. Finalmente se aprobó, como antes se dice, que la soberanía recaía “esencialmente” sobre la Nación y no sobre el Rey.
En México se celebró jubilosamente la aprobación de la Constitución del “12” porque establecía el marco jurídico-político de numerosas libertades, incluida la de la imprenta y el fin de la censura y la Inquisición.
El regreso de Fernando VII de Francia –donde en el máximo de la ignominia, en tanto que presos de España transmitieran la corona de España a Napoleón- a España en 1814, fue un retorno brutal. Se consideró agredido, nada más pisar el suelo español, después de sus años en Francia sometido, silencioso y postergado, y tuvo como prioridad desconocer la Constitución de 1812 y, finalmente lo hizo persiguiendo a todos los diputados liberales tanto de España como de las Américas.
Sin embargo, hubo un hecho notable que produjo indignación en México. En efecto, la proclamación de la Constitución liberal de 1812 fue muy elogiada y las autoridades con más o menos entusiasmo la aprobaron. Hubo un hecho notable. En 1812 el doctor José Mariano Beristáin fue elegido, por el Virrey, para hacer el elogio de la Constitución liberal y de sus libertades, sobremanera la definición que proponía a la Nación, al Pueblo, por encima del Rey. Y así lo hizo, con regocijo general, porque clamaba una indudable suma de libertades ciudadanas y públicas.
En 1814, al conocerse la decisión de Fernando VII de abrogar la Constitución del 12 y restaurar la Monarquía Absoluta el problema, en México, no fue la defensa del liberalismo, sino todo lo contrario. Para ello se preparó un acto solemne. Lo extraordinario del caso es que las autoridades trasladaron al doctor Beristáin la tarea de hacer público el cambio y hacer el elogio del absolutismo fernandino.
Beristáin, orador sagrado, subió al púlpito, terminado el Te-Deum y ante el asombro colectivo, cuando no ante el escándalo moral, olvidó todos los elogios que había hecho a la Constitución del “12” elevando a categoría histórica las nuevas libertades y, al revés, hizo la apología de las nuevas decisiones de Fernando VII eliminando las libertades y excitando la vieja y espantosa frase de ¡Vivan las cadenas!
El nuevo sermón de Beristán fue motivo de notorias críticas. Algunas de ella, por cierto, jocosas. En efecto, estaban muy recientes sus palabras de elogio a la Constitución del 12 eliminada, en 1814, con las bayonetas y la persecución de todos los diputados liberales. Se reinstaló, por cierto, la Inquisición.
Un epigrama anduvo, por todo ello, de mano en mano como protesta y burla del doble discurso. He aquí su letra festiva y airada:
“Si sermón puede decirse / hablar hasta prostituirse / por la vil adulación. / Ayer la Constitución / cual sagrado libro alega, / y apenas Fernando llega, / cuando este libro sagrado / es un código malvado…¡Vaya, que esto si no pega!...”.
La última línea era una dura respuesta a una frase del orador sagrado y que pronunció el 19 de agosto de 1814. En efecto, Beristán –¿Cuántos tenemos, aún, como él?- inició su discurso alborozado por la derogación de la Constitución de 1812 con estas palabras, por otra parte, bien poco elegantes: “No pegó el arbitrio tomado por los liberales, para destruir el Trono y el Altar dictando la Constitución…”.
La grosera frase “no pegó el arbitrio tomado por los liberales”, indignó a la gente –ya había “indignados”- y de ahí el “¡vaya que eso sí no pega!” en la décima epigramática –de autor desconocido- pero que desnudó al orador del doble discurso y que, según datos que he obtenido, lo que decía el autor del epigrama –que circuló escrito en la Ciudad de México- era esto que tal: “que lo que no pegó fue el sermón”.
Acaso este texto ilumine componendas y abusos semejantes a los del orador sagrado, que día tras día indignan a una sociedad herida y lastimada por el doble discurso, por el dissoi logoi.


E-mail: alponte@prodigy.net.mx

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