Juan María Alponte
La muerte de Svetlana Alliluyeva, la hija de Stalin, me ha encontrado las vacaciones de la Universidad. La lectura, en la prensa norteamericana, con su fallecimiento. No es una historia política o sagrada. Es, ha sido, simplemente, un hecho social que cautivó a la prensa y llenó el mundo de palabras en ya lejanos días.
La muerte de Stalin en 1953 –desde 1924 era Secretario General del Partido y voz final o, en síntesis, la única voz en la URSS, durante decenios- con la connotación de lo definitivo. Había nacido en Georgia el 21 de diciembre de 1879 (el día 9 según el antiguo calendario) y tuvo por nombre el de Joseph Vissarionovitch Djougachvili. Fue el tercer hijo y el único sobreviviente de la pareja georgiana de Vissarion y Catherine Djougachvili. Sus padres no hablaban nada más que el georgiano. Stalin comenzó a hablar el idioma ruso entre los 8 y 9 años.
Sus biógrafos, aunque él dijera que tuvo una infancia feliz, insisten en que su hogar fue primitivo y violento. La madre agredía al marido, muy a menudo ebrio y parece que Stalin tuvo algún grave percance con su padre. Yo tengo varias biografías de Stalin y, últimamente, Simon Sebach Montefiori ha publicado un volumen notable: “Le jeune Stalin” (publicado por Calmann-Levy) que redescubre su juventud con fotografías muy asombrosas del Stalin joven; de su familia y de su tiempo.
Con su primera esposa, Kato Svanidze, tuvo un hijo, Yakov, que nació en 1907, es decir, el año en que murió la joven Kato. Fue un tiempo terrible. Coincidiría ya con su vida política y su primera etapa de deportación a Siberia. Época turbulenta. Varias mujeres se cruzan en su vida hasta que, en la Revolución, en 1917, se casa con Nadia Alliluyeva. Con ella tuvo a su hija Svetlana Alliluyeva.
El hijo de Beria, su padre fue la mano implacable de Stalin en la policía, esto es, Sergo Beria ha publicado un libro de memorias estremecedor “En el corazón del poder staliniano”. Dice, Sergo Beria, que en 1953, el día de los funerales de Stalin, se encontró con un derredor que le asombró –joven comunista e hijo de una de las figuras del Poder- porque vio a todo el mundo como relajado y contento. Añade que se dirigió a la hija de Stalin (compañera de estudios) Svetlana y la dio el pésame. Obtuvo esta respuesta: “¡Tú también, Sergo! ¡Ahora todos seremos más felices!”. Ese fue el primer día del asombro. Después su libro, 445 páginas, abre el terrible dossier de una época y el destino trágico, finalmente, a su vez, de Beria.
Años después de la muerte de Stalin, su hija, Svetlana abandonó la URSS y se exilió en Estados Unidos donde volvió a casarse. Esta vez, con el arquitecto estadounidense William Wesley Peters, con el cual –su tercer marido- tuvo una hija: Olga Margedant Peters.
Regresó a la URSS –donde fue tratada con todos los honores pese a su pasado estadounidense- después de 17 años, en octubre de 1984. Dijo que hizo el viaje de regreso porque tenía el deseo de estar con sus hijos y nietos rusos. El mayor, Joseph, era médico y su hija Yekaterina, geóloga, que contaban, respectivamente, 22 y 17 años, cuando se exilió en Estados Unidos. No la recibieron bien y la reprocharon su abandono. El problema se ahondó por la presencia de su hija norteamericana: Olga Margedant Peters.
En Estados Unidos Svetlana Alliluyeva, la hija de Stalin, recibió, como derechos de autor por su libro de memorias, “Only one year”, cuatro millones de dólares que, por cierto, su marido liquidó y abusó. El primer capítulo de ese libro es un documento relevante no por lo que dice, sino por lo que se entiende o por lo que trasparece.
En el último capítulo del libro (Princeton, New Jersey, April-November 1968) dice que el 19 de diciembre de 1967 estaba sentada en un restaurante de Princeton Inn, con Annelise Kennan y Louis Fischer. Les dijo que justamente se cumplía, ese día, un año de haber dejado Moscú. “¿Quién hubiera imaginado entonces –les dijo- que ese primer aniversario lo pasaría en Princeton con ustedes ante la mesa de un restaurante?”.
El libro, famoso, terminaba así: “Permítanos brindar por este año de libertad, this year of freedom, dijo Luis Fischer. Nosotros tres levantamos nuestras copas”.
La hija de Svetlana y el arquitecto Peters, estadounidense, estudió en Inglaterra donde también estuvo su madre y la condujo, en un viaje de nostalgia, a Rusia. Finalmente la vida, misteriosa epopeya de cada ser viviente, la devolvió al universo anglo en el cual acaba de morir. Antes del tránsito final se dijo y se repitió que su padre era el responsable de 20 millones de muertes en los campos de concentración o en las deportaciones. Deportaciones que relataría, minucioso, Nikita Krouschov, en el famoso discurso secreto del XX Congreso del Partido Comunista. Tan secreto fue que, inmediatamente, lo publicó, íntegro, el New York Times.
Los misiles atómicos de Cuba -1962- helarían los pulsos del mundo ante la posibilidad de un choque atómico. Kennedy y Krouschov, finalmente, pactaron la paz. Robert Kennedy, asesinado como su hermano, escribiría ese relato, esa memoria impresionante: “Thirteen Days”. Fueron, en efecto, Trece días terribles. Por cierto, el hijo de Kruschov y su esposa se exiliaron en Estados Unidos. Es muy probable que voten por los reaccionarios del Tea Party republicano. Así es la historia. Sólo asumiéndola podemos comprenderla y aceptarla como lección y paradoja.
E-mail: alponte@prodigy.net.mx
lunes 9 de enero de 2012
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