martes 17 de enero de 2012

EN LA MUERTE DE MANUEL FRAGA: MOMENTO DE CONCORDIA (¿DEFINITIVA?) EN ESPAÑA

Juan María Alponte

PARA JOSÉ ANTONIO POSADA Y LOS SUYOS, EN EL MADRID DE GOYA.

La muerte de Manuel Fraga Iribarne, ministro de Franco y figura clave en la transición democrática, ha generado en España –después de las elecciones que transportaron al Partido Socialista la mayor derrota de su historia- una incitante tentación hacia la concordia.
En un país crispado, de nuevo, por la “memoria histórica” –¡cómo miente la historia!- la desaparición de Manuel Fraga Iribarne ha provocado en Rubalcaba, el tácito sucesor, al frente del Partido Socialista, de Rodríguez Zapatero, una frase memorable de concordia: “Le recordamos como un hombre de la derecha que hizo posible que una parte de sus fuerzas sociales sirvieran a la democracia”.
Tema, sin duda, apasionante en un país apasionado porque, en un momento crítico de su historia (por la crisis financiera y el desastre electoral del Partido Socialista) el comedimiento y reconocimiento de los méritos en la reconciliación y entorno de un hombre explosivo como Manuel Fraga, no deja de ser un importante momento, de reflexión y de autocrítica, para los españoles.
Fraga Iribarne nació en Galicia en 1922 –familia gallega, numerosa, 12 hijos o 12 hermanos elijan- en familia humilde. En efecto, el hombre que iba a ser eminente en la cátedra y trepidante en la política –nunca pudo ser el Presidente del Gobierno, pero fue el fundador del Partido Popular que hoy gobierna con mayoría absoluta en España- era hijo de un tronco de la pobreza y la emigración.
El padre de Manuel Fraga Iribarne –Manuel Fraga Bello- no pudo, ni de lejos costear la escuela para sus hijos. Su madre, María Iribarne, era hija de un maestro albañil. Sin saberlo esas dos familias emigraron a Cuba en busca de porvenir y los dos jóvenes allí se conocieron y allí se casaron. Una Cuba donde el político llamado Fraga se entrevistaría con Fidel Castro en abrazo de casi paisanos.
En efecto, el padre de Fidel Castro (Ángel Castro Argiz) era español de Galicia. Nació en San Pedro de Alcántara en 1875. Llegó a Cuba en 1899 como soldado español durante las guerras de Independencia. Su llegada a Cuba como soldado fue una circunstancia social. En la España de la época se autorizaba que un hijo de pobres reemplazara, por dinero, a un hijo de ricos que así no iría a la guerra. En suma, ese fue el motivo por el que Ángel Castro Argiz llegó desde un pueblo gallego a la radiante luz de Cuba. Allí se quedó.
No así los Fraga y los Iribarne que regresaron con recursos a su Galicia donde, hijo de esas circunstancias, nació Manuel Fraga Iribarne mientras el padre de Fidel Castro, Ángel Castro, se convertía en un potentado en Cuba y no regresaría a España. El abrazo que un día se dieron el líder revolucionario y el más representativo y notable de los ministros de Franco, tenía mucho de añoranzas migratorias y cruce, complejo de destinos.
Fraga pasó sus años de niño en Galicia y, ante una nueva situación familiar pudo estudiar. En el Instituto de Lugo cumplió su examen de Estado con Premio Extraordinario. El hombre de los libros y la voz de trueno iniciaba una carrera desmedida. Vio a su padre, hecho hombre en Cuba, ascender en todo en Galicia. Llegó a ser alcalde del pueblo de Villalba y con el triunfo de la República en 1931 dejó su cargo. No por eso su padre dejó de tener un papel provinciano en la derecha española.
Su hijo, el futuro ministro de Franco y personaje crucial de la restauración democrática, hizo una brillante carrera universitaria –era un “empollón endiablado” decían sus condiscípulos- y al terminar sus estudios universitarios se inició su carrera meteórica hacia el poder llegando a ser un notable catedrático de Derecho Político. Escribió decenas de libros, tuvo ascensos culturales y políticos –fue embajador en Londres- llegando a ser ministro de Información y Turismo de Franco. Explosivo sus anécdotas ministeriales, políticas o sociales llenarían –llenarán con su muerte- un vasto hemisferio de rumores, voces y risas porque el tiempo modifica las cosas.
El Ángel Castro Argiz, a su vez, abandonada la profesión de soldado “accidental” se transformó en un hombre rico trabajando, en Cuba, con la frutera norteamericana la United Fruit Company. Tuvo varias relaciones femeninas tumultuosas y finalmente –hubo otros hijos- se prendó de Lina Ruz. De esa relación nacieron siete hijos: Angélica (1923); Ramón (1942); Fidel (1926); Raúl (1931); Juanita (1932); Emma (1935 y Agustina (1938).
Me parece fantástico: novela cruzada de piropos y voces iracundas, esas dos familias, la española de Fraga y la española-cubana de Castro, cruzadas en la peripecia de una historia que merecería una gran novela. Rico y poderoso, el gallego Ángel Castro Argiz, no sabía que otro indiano, Fraga, había regresado a España y que daría, viejo soldado de Cuba, un ministro a Franco y Ángel Castro, a su vez, un líder revolucionario de Cuba que haría brillar los ojos de un filósofo llamado Jean-Paul Sartre.
Lo cierto es que Manuel Fraga Iribarne, hijo de tal padre –sin duda de derecha y religioso- se transformó en un profesor brillante que hizo del poder su poder porque ocupaba mucho espacio.
La gran crisis, la muerte de Franco y la inviabilidad de continuar la dictadura convertirían a Fraga no por estar en el poder solamente, en una pieza notable en la transición de la barbarie franquista a la democracia y la reconciliación.
Los dueños de la memoria del odio podrán maldecirle –como lo hacían algunos ante el rico y poderoso Ángel Castro- pero lo cierto es que las piezas del ajedrez de la existencia se cruzaron y la presencia de Fraga en la transición fue, sin duda, notablemente favorable y más, aún, a la hora de la nueva Constitución común. Pueden entenderse, por ello, los elogios de unos y otros que se han reunido, altos y bajos, a la hora de su muerte. Gallego-cubano, hijo de las travesuras que proporciona la existencia, Manuel Fraga ha sido todo, menos lo que deseó ardientemente: ser Primer Ministro o Presidente del Gobierno español. Admitió, ahí, su derrota, pero la convirtió en la posibilidad de fundar el Partido Popular que, ahora, ha ganado las elecciones de manera fulminante.
Hombre de contradicciones galopantes su inteligencia le hizo ser portavoz o estar entre los portavoces del régimen democrático. Su encuentro con los comunistas –muchos de ellos se han perdido- no dejó de ser una epopeya que fue bendecida por un país trágico que había vivido una inmensa tragedia y que aspiraba a sostenerse, todos, en una misma empresa. Pese a su carácter impetuoso y gritón, Fraga supo que el mundo tenía que cambiar y su enorme mole humana lo hizo. Cuando Fidel Castro, el hijo del soldado español fue a visitar el pueblo gallego de su padre allí estaba Fraga y cuando Fraga fue a Cuba allí estuvo Fidel para recibirle. Agua y vino o sangre y lágrimas. Lo cierto es que la muerte de Fraga ha servido para que las pasiones españolas se centraran en algo relevante: aceptar las contradicciones y usarlas para festejar la vida.
El padre de Manuel Fraga y el padre de Fidel Castro podían haberse cruzado en el mundo que los hombres hacen con la asombrosa odisea que es la existencia. Oyendo, en la tele, a los políticos de un lado y de otro que le despedían con reconocimiento más allá de lo que, de él, no aceptaron nunca, me permite pensar que sólo asumiendo las contradicciones (Marx) se puede andar por la tierra sin tener que degollar a nadie.

E-mail: alponte@prodigy.net.mx

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