Juan María Alponte
En los días previos a las vacaciones de Acapulco se instalaba el temor de la violencia. En los días que estuvimos hubo crímenes, pero no de la dimensión anterior. Los periódicos nos alertaban, sin embargo, de un hecho cotidiano: el robo creciente de automóviles.
En 1851 “El Monitor Republicano” no hablaba de robo de automóviles, pero sí de robos permanentes a caballeros y sus caballos. “Su osadía llegó a tal extremo que el día 4 de febrero fueron robados, a las 5 de la tarde, en uno de los principales paseos de la capital (Mexico City), llamados de Bucareli, varios jóvenes que se paseaban a caballo”. “El Monitor Republicano”, en un artículo titulado “Escándalo” trasladaba a los lectores este párrafo: “Les quitaron todo: cabalgaduras, monturas y cuanto llevaban, y todo esto a la hora precisa del paseo. El robo fue cometido por una partida –no la del Chapo cuyo nombre aparece en las páginas de la revista Forbes a la vera de los más ricos de mundo y de los diez más ricos de México- de seis a ocho hombres, montados también, y armados. Son ya –decía el Monitor- muy repetidos estos escándalos; y el gobierno, a quien llamamos fuertemente la atención, debía cuidar algo más de la pública seguridad, que lo que hace en el día”. ¿Qué les parece?
En el editorial titulado “Escándalo”, se añadía algo que acaso nos implique aunque los hechos ocurrieron en 1851: “Al paso que vamos, día llegará en que sea necesario para pasearse, ir entre una partida de granaderos, y aún así tal vez no se iría muy seguro”.
Es patente que los del Monitor, compañeros de fatigas tipográficas, no se sentían muy seguros, tampoco, con la compañía de los granaderos. Por lo demás el Monitor añadía: “La censura hacia el gobierno de Arista (en un dibujo de la época veo a don Mariano Arista en traje de general y lleno de condecoraciones y largas patillas), lo mismo que hacia todos los que le han precedido (¡qué coincidencia me pregunto al escribir este texto!), era tan merecida respecto a ese punto, cuanto que nada es y ha sido tan fácil en México como plantear la seguridad pública”.
Asombrado de esta definición prosigo, ávido, la lectura para ver si nos sirve de algo en nuestros bochornos y misas de cada día por los desaparecidos. He aquí la proposición del Monitor: “En la República Mexicana (siempre con ‘j’ aún) dejarán de existir los malhechores desde el instante en que el gobierno quiera que no existan”.
No explica el redactor de “El Monitor Republicano” el milagro. ¿Quiere decir que los malhechores están en el gobierno o entre los propios ganaderos? Un comentarista del artículo, Niceto de Zamacois, explica que el origen de los robos estaba estrechamente vinculado con la fragilidad del sistema hacendario. Añade, meticuloso, esto tal cual: “Los ladrones se contentaban hasta hace poco con cualquier cosa que les ‘dieran’ los viajeros; y si hoy se presentan casos de secuestro (ahora el tema está socializado) de personas es porque viendo ninguna vigilancia del gobierno, se han lanzado al crimen algunos hombres viciosos de las grandes capitales que, para satisfacer sus vicios, se valen de infelices instrumentos que, por ignorancia, les sirven…”.
El comentarista de “El Siglo XIX”, todavía esperanzado y súper-moralizador asume que son “viciosos”. Lo grave es que señala que se valen de infelices instrumentos que, por ignorancia, les sirven.
Esa identificación de los malosos es gravemente ingenua. Representaban ya, los “infelices instrumentos”, la aparición de un sector informal, sin esperanza de oficio y tarea, que podía ser fácilmente integrado en la delincuencia. El problema no era sólo la falta de “vigilancia gubernamental”, sino la notoria ineficiencia para crear una sociedad adulta instalada en el trabajo y el ascenso social desde la eficiencia y la igualdad ante la ley.
De todas formas, nuestro lejano comentarista señalaba ya que “las intrigas electorales (entonces se llamaban ‘intrigas’) han defraudado siempre las esperanzas de la sociedad entera”.
Regreso, de nuevo, a “El Monitor Republicano” del 21 de febrero de 1851 que presenta argumentos concretos y no moralizaciones sobre la sociedad “mejicana” en un editorial con este título “La Administración de la Justicia”. El título, sin duda, es de enorme interés ya que, hoy, se reclama la Justicia como punto gravital del Estado de Derecho.
El Monitor nos señala, a su vez, pese a su firme adhesión al presidente Arista, “que la Administración de la Justicia está en el estado más pésimo que puede darse y en un pueblo donde no se administra la justicia, queda el ciudadano obligado a tomarla por su propia mano, y esto es sancionar el brutal derecho a la fuerza, la barbarie, la inmoralidad, la más completa anarquía. La prensa de oposición (al parecer la había entonces) y la sociedad entera clamaban contra este mal que exigía un pronto y eficaz remedio”.
¿Nos dice algo, ese texto, en nuestros días? El Monitor añadía: “Causas importantes había que dormían años enteros en los Tribunales –al leerlo creo que es hoy- y, entre ellas se encontraba la de los asesinos del diputado D. Juan de Dios Cañedo que llevaba ya un año de haberse sustanciado. Este hecho último, y la tardanza de castigar a los criminales, no obstante haber confesado ellos ser autores del crimen, empezó (entonces y hasta hoy) a prestar de nuevo cuerpo a la sospecha de que existía, en las altas regiones (no metamos al cielo en ello me permito intervenir) el hombre que había dispuesto aquel golpe que encerraba un motivo político”.
Finalmente, ante la presión pública –milagro- y porque se acusaba al Poder, los presos fueron condenados a sufrir garrote vil. La ejecución de Avilés y Negrete, de 23 y 19 años, “fueron ejecutados en medio de un gentío inmenso…”. ¿Era la justicia?
Dado que no les he deseado, aún, un magnífico año 2012 –los economistas no lo creen- lo hago en este momento y con una crónica, la mía, que admite que “todo se repite” y que la experiencia nos sirve para ratificar que todo es, al tiempo, posible e imposible.
Prueba de ello es la noticia, extraordinaria, que nos proporciona “El Monitor Republicano”. Dice en 1851: “La introducción del telégrafo eléctrico fue un gran paso en la vía de la civilización y del progreso, y llenó de regocijo a todos los amantes de los adelantos de su país. Quien ha planteado esta mejora, añadía el Monitor, es el español D. Juan de la Granja a quien el país honró, más tarde, haciéndole diputado…”.
Todos los que hoy se apuntan a las diputaciones debían haber inventado antes, por lo menos, el telégrafo. Así no más la estampida de los funcionarios de Los Pinos hacia las candidaturas de diputados y senadores tendrían alguna motivación para ser recompensados. En fin, ahí les dejo. No soy impaciente. Quizá alguno de ellos patente, al menos, el telégrafo del señor De la Granja y diga que es su invento. Le darían el escaño gratis sin el jaleo de la “intriga” (palabra del Monitor Republicano) de las elecciones.
E-mail: alponte@prodigy.net.mx
jueves 12 de enero de 2012
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada