Juan María Alponte
El presidente Bush no sabía lo que decía cuando anunció al mundo, que la guerra de Irak había terminado y Obama, a su vez, no ha podido asumir que la retirada de las tropas estadounidenses deja tras sí, un Irak en la Guerra Civil.
Yo estaba en Bagdad, en 1958. El 14 de julio fui invitado, con otros periodistas, a visitar Babilonia. La oferta era admirable. Salimos de Bagdad al alba. La temperatura era ardiente. La idea de que, en unas horas, estaríamos ante las ruinas de Babilonia nos entusiasmaba. El coche del embajador de España seguía la ruta del Éufrates, hermoso fluvial del Tigris. Los animales, sobre todos los camellos asomaban sus cabezas en el río huyendo del sol. En Bagdad alguien me dijo que de ninguna manera entrara en las aguas del Tigris porque estaban contaminadas. Contesté: “Pero veo una multitud bañándose”. La contestación fue cortante: “Ellos asumen sus riesgos”. No había más que decir. Me callé; no olvidé.
A mitad del camino a Babilonia unos muchachos con fusiles y un uniforme prestado nos dieron el alto. Exigieron al embajador que abriera la cajuela. El embajador, un erudito, en árabe popular, dijo que “el automóvil es extraterritorial”. Nos añadieron que había estallado la revolución en Bagdad contra la monarquía. El embajador preguntó, “¿aemte?”, “¿cuándo?”. Los muchachos parecían dispuestos a la barbarie. Los tres invitados estábamos aterrados. El embajador insistió, sereno, en que no abriría la cajuela. La conversación se erizaba. Inesperadamente llegó un oficial. Entendió rápidamente lo que ocurría. Comprobó los documentos. Extendió un pase para que pudiéramos llegar a Babilonia y regresar, en la tarde, a Bagdad. El embajador abrió, en ese momento, la cajuela. No había nada más que una rueda de repuesto. El oficial le dijo al embajador: “Se jugó la vida”. El embajador: “Era y es mi derecho no abrir la cajuela”. Nunca olvidaré esa mañana a 40 grados. Oí el tradicional ma’salime, vete en paz.
Llegamos a Babilonia hondamente preocupados. Fue una fiesta histórica. En el museo se acumulaba la historia de la ciudad de los siglos, la ciudad de Alejandro, en sus ruinas. En el museo bebimos “coca-cola”. Nos despedimos de las personas que nos atendieron con un unánime salamu alaikum.
En la anochecida llegamos a Bagdad. La batalla se había terminado. El general Abdul Karim Kassem, líder del Movimiento de los Oficiales Libres (memoria de Egipto) se hacía cargo del país. La monarquía (impuesta por los británicos) cayó en la sangre. Todavía ese río rojo estaba en las banquetas. El rey Faruk y su primer ministro, Nur al-Said eran el pasado...tumbas.
Unos días después Kassem invitó a los estudiantes extranjeros a una recepción en el Palacio de Faruk II. En el enorme jardín se asaban unas reses. La gente, impávida, cortaba la carne. Me quedé sin cenar. Vi a un Kassem, impasible. Sólo un movimiento de su mano izquierda apretaba, insistentemente, una pelota. El poder revelaba así, con ese movimiento mecánico, la presión del día sangriento. La gente, ante las fogatas, cortaba las reses. Era el 14 de julio (en realidad ya el 15) de 1958. El Oriente Medio elegía nuevos líderes. Los anteriores habían muerto. La sangre se seca rápidamente. La memoria persiste.
Todo el Oriente Medio entraba en una ola de conflictos. Inglaterra y Francia, los dos epígonos coloniales, luchaban por el petróleo. Un partido, el Ba’ath (Partido Socialista de la Revolución) se hacía cargo del poder. Entre sus filas estaba un desconocido que en 1979 sucedió, como presidente de Irak, a Hasan Bakr. Nadie sabía que ese sucesor, inesperado, Saddam Hussein, sería la espoleta de un conflicto universal. Desde México seguiría, con una mirada cuidadosa, lo que allí pasaba.
En 1956 Nasser fue elegido, por los Oficiales Libres, presidente de Egipto. Francia firmaba con Saddam un acuerdo inverosímil: construir una Central Nuclear en Irak. ¿Dinero? Mil quinientos millones de francos.
Cuando la Central estaba en su terminación la aviación israelí la borró del mapa en 1981. Casi a la vez Francia elegía presidente a Mitterrand. A media tarde se anunció, con los datos ya irreversibles, que Mitterrand ganaba. En uno de sus libros –“La paille et le grain”- me firmó una generosa dedicatoria. En casa lo tengo. Al lado mismo de la biografía de su esposa –enorme personalidad- que acaba de morir. ¿Por qué muere gente tan portentosa?
Bush llevaría la guerra a Irak y Saddam, que no había temblado a la hora de mantenerse en el poder dictatorialmente, moriría en la refriega. Nunca tuvo, Saddam, armas nucleares de destrucción masiva. La enorme mentira –que los inspectores de la ONU y de la Agencia de Energía Atómica negaron- generó una guerra que terminó con la muerte de Saddam que, por cierto, tenía un baño con adornos de oro. El petróleo, ese sí, permite anomalías asombrosas. No sé si sabe. Quizá sí.
La guerra a Irak se inició, como se sabe, por Bin Laden y la catástrofe de las Torres Gemelas. La guerra fue implacable. No hubo ninguna razón para ello. Cuando Obama, en el atardecer de la tragedia, retira sus tropas deja, detrás de sí, la Guerra Civil. Chiíes y sunníes en conflicto armado y violento reeditando una vieja querella islámica que supuso, como en el mundo cristiano en su día, la división del Islam. Un primo (y yerno de Mahoma porque se casó con su hija Fátima) generó la Guerra Civil del Islam. En efecto, Alí, cuarto califa sucesor de Mahoma, propició un cisma histórico que todavía genera la tensión sangrienta de nuestros días. Irán es chiíta.
En efecto, Alí, generó una crisis de la que surgió el chiísmo o Partido de Alí (Si-at’Ali) y la querella histórica que dividió al Islam terminó con el asesinato de Alí en el 661. Sus hijos le sucedieron y murieron, a su vez, en el 680, en Karbala, tierra santa de los chiíes frente a los sunníes (que siguieron la tradición) iniciándose así una crisis mundial en el Islam.
Los estadounidenses, con su invasión y su arrogancia, dejan detrás de sí, impávidos, una Guerra Civil que puede generar heridas profundas en el Oriente Medio de obediencia sunnita, pero con Irán –elevado a bandera chiíta en el Oriente Medio- entre dos fuegos y aspirando, como un día Saddam –que no lo tuvo nunca- a contar con un aparato atómico de guerra.
La retirada de Obama –promesa cumplida- es tardía y la Guerra Civil y el terrorismo que la controla y domina, abre una inmensa duda sobre el porvenir de Irak y, a la vez, de Pakistán.
Mechas encendidas sin conocer la historia de los pueblos ni sus conflictos religiosos. Cuando sus tropas USA conquistaron Karbala, la tierra santa de los chiíes iraquíes –porque en Karbala murió en batalla memorable el segundo hijo de Alí y es el monumento chiíta de Irak- yo pensaba esto tan simple y terrible: “ni tan siquiera saben que Karbala es tierra sagrada”.
Obama arría las banderas de Estados Unidos en Irak, pero la mecha sigue encendida y la arrogancia occidental abre la zanja y se marcha creyendo que todo se ha terminado. No es así. El incendio se continúa y no sabemos cómo se apagará.
NOTA FINAL: Irak tiene 32.1 millones de habitantes. Su composición étnica: entre 75 y 80% son arábes; los kurdos entre el 15 y el 20%. Son musulmanes el 97%; los chiítas representan entre el 60 o 65%; los sunnitas entre 35 y 40%; los cristianos y otras religiones el 3%. Proporciones presumibles y razonadas.
El caso es que el actual gobierno de Irak (Estado Federal y un régimen parlamentario inspirado en el Islam) quiere ser representativo de las dos corrientes principales del país, pero el conflicto no se ha resuelto y el terrorismo azota la nación. Por otra parte, las fronteras de Irak son indisociables de Arabia Saudita (814 kilómetros); de Irán (1,458 kilómetros y cuyo chiísmo se ha confrontado con Israel y Occidente); Jordania (181 kilómetros); Kuwait (240 kilómetros); Siria (605 kilómetros) y Turquía, a su vez, tiene 352 kilómetros de frontera con Irak. Como bien se ve, en un mundo en crisis, esas fronteras son un incendio. ¿Quién lo apaga?
Añádase, a ello, que Irak es un importante productor de petróleo y de gas natural. En consecuencia, está, también, en el centro de una batalla mundial: la de la energía. Todo ello está ahí y el camino a Babilonia es tan peligroso como en 1958 cuando pregunté al embajador que nos llevaba a Babilonia el por qué se había jugado la vida –y la nuestra- no abriendo la cajuela. Sólo me dijo: “Era mi derecho y la ley estaba conmigo”. Todavía recuerdo aquellos fusileros apuntándonos. Aún así; supe el valor de la ley.
E-mail: alponte@prodigy.net.mx
martes 10 de enero de 2012
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